26 de mayo de 2024

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Palabras inquietantes en un momento inoportuno

ARCHIVO - El papa Francisco asiste a la audiencia general semanal en el aula Pablo VI en el Vaticano, 23 de agosto de 2023. (AP Foto/Andrew Medichini, File)
ARCHIVO - El papa Francisco asiste a la audiencia general semanal en el aula Pablo VI en el Vaticano, 23 de agosto de 2023. (AP Foto/Andrew Medichini, File)

El Papa avaló con sus palabras las argumentaciones que hoy usa el Kremlin para justificar la brutal guerra de agresión al país vecino. Al fin de cuentas, nacionalistas y ultranacionalistas rusos consideran propios esos territorios desde las guerras de conquista que construyeron la “Gran Madre Rusia” que halagó en su mensaje a los jóvenes rusos.

Fueron las palabras menos indicadas en el momento menos oportuno. Por eso generó indignación en Ucrania. Pero incluso si Rusia no estuviera imponiendo una guerra de conquista a su vecino, el mensaje del Papa Francisco a los jóvenes rusos resulta inquietante.

Pudo hablarles como jóvenes, en el sentido universal, que es el sentido de la palabra católico. Como jóvenes miembros de una especie acechada por peligros naturales inéditos en sociedades cada vez más complejas. Pero en lugar de hablarles como jóvenes del mundo, les habló como rusos, o sea como miembros de una etnia, eslava y cristiano ortodoxa, resaltando de un modo desconcertante la prosapia nacional que se supone los distingue del resto de la juventud mundial.

“No olviden nunca su herencia; son hijos de la Gran Rusia. La Gran Rusia de los santos, de los reyes. La Gran Rusia de Pedro I y Catalina II. Ese imperio grande, culto y de gran humanidad. Nunca renuncien a este legado. Son herederos de la Gran Madre Rusia”, dijo Francisco.

No habrá sido su intención, pero las referencias, imágenes y figuras históricas que menciona en su mensaje son parte del universo retórico del nacionalismo paneslavista y del ultranacionalismo ruso.

Del jefe de una iglesia cuyo nombre proviene del adjetivo griego “katholikos”, que alude a lo que es universal, resulta conveniente y justificado no encuadrar en una equis nación al grupo humano que lo escucha, salvo que la ocasión lo imponga.

Incluso en ese caso, si se trataba de resaltar a Rusia, podría haber elegido otro aspecto de la rica cultura de esa nación. Si quería halagar a Rusia para agradar a sus jóvenes interlocutores, Francisco podría haberlos señalado como herederos de una grandeza que se expresó en clásicos de la literatura universal como Tolstoi, Gorki, Chejov y Dostoyevski, además de Pushkin, Gógol y tantos otros. Grandes bailarines, como Maya Plisétskaya y Rudolf Nuréyev. También grandes científicos, como Nicolay Gamaleya; astronautas de la taya de Yuri Gagarin, tantos virtuosos músicos y también gigantes del ajedrez. En fin, una larga lista de talentos que enriquecieron la cultura rusa y universal.

Pero el Papa no los exhortó a sentirse herederos de esos genios de la humanidad, sino de emperadores que expandieron el mapa de Rusia con sus conquistas, y esas conquistas incluyen principalmente territorios donde hoy Vladimir Putin está imponiendo una guerra catastrófica.

Las palabras que dijo el pontífice sonaron como apología de las monarquías ilustradas que expandieron el territorio ruso mediante guerras de conquista, justo en el momento en que la maquinaria bélica del actual déspota del Kremlin está invadiendo Ucrania y destruyendo ciudades y vidas, precisamente, para llevar las fronteras hasta donde las habían llevado los emperadores elogiados.

En el siglo XVII, Pedro “El Grande” expandió Rusia hasta las costas del Báltico, mediante guerras contra la Suecia del rey Carlos XII, mientras que en el suroeste, sus ejércitos embistieron contra el Imperio Otomano, llegando hasta el Mar Negro y el Mar de Azov.

En el siglo XVIII, Catalina II, también llamada “La Grande”, lanzó guerras de conquistas que añadieron territorios arrebatados a Polonia, Ucrania, Bielorrusia y lo que por entonces era Livonia y actualmente es Lituania y Estonia.

En su afán expansionista hacia el norte, el emperador elogiado por el Francisco hizo construir San Petersburgo sobre el estuario del río Neva, en condiciones que costaron la vida a más de 200 mil hombres que trabajaron en esos helados pantanos nórdicos. Mientras que Catalina II, en su afán desenfrenado de poder, pasó de ser una princesa alemana convertida en zarina, a emperatriz de Todas las Rusias, perpetrando un golpe de Estado contra su marido, el pusilánime Pedro II.

Ambos fueron monarcas ilustrados y absolutistas con rasgos admirables, pero cuyo lado oscuro desaconseja elogiarlos. Mucho más cuando se desarrolla una guerra expansionista en Ucrania y quien los elogia lo hace erigiéndolos en modelo de grandeza a seguir por los jóvenes de Rusia.

Para el Papa está bien instar a jóvenes rusos a que “no renuncien al legado” del “Imperio Grande” que forjaron Pedro I y Catalina II, y a sentirse “herederos de la Gran Madre Rusia”.

Ambos monarcas fueron grandes estadistas, admirables en muchos aspectos. Pero elogiarlos justo cuando Ucrania sufre una invasión que aún mantiene ocupados los territorios del este del río Dniéper, constituye un estropicio. Y si lo hace el mismo pontífice que ha tenido pronunciamientos antiimperialistas en referencia a potencias occidentales, implica una contradicción.

El Papa avaló con sus palabras las argumentaciones que hoy usa el Kremlin para justificar la brutal guerra de agresión al país vecino. Al fin de cuentas, nacionalistas y ultranacionalistas rusos consideran propios esos territorios desde las guerras de conquista que construyeron la “Gran Madre Rusia” que halagó en su mensaje a los jóvenes rusos.

* El autor es politólogo y periodista.

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