29 de febrero de 2024

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El inquietante encanto del autoritarismo

Fotografía cedida por el gobierno de El Salvador donde se registra el traslado de pandilleros al Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), hoy en La madrugada en Tecoluca (El Salvador). El Gobierno de El Salvador trasladó la madrugada de este viernes a 2.000 supuestos pandilleros a una nueva prisión que tiene capacidad para unas 40.000 personas, según informó el presidente Nayib Bukele. Foto: EFE/ Gobierno
Fotografía cedida por el gobierno de El Salvador donde se registra el traslado de pandilleros al Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), hoy en La madrugada en Tecoluca (El Salvador). El Gobierno de El Salvador trasladó la madrugada de este viernes a 2.000 supuestos pandilleros a una nueva prisión que tiene capacidad para unas 40.000 personas, según informó el presidente Nayib Bukele. Foto: EFE/ Gobierno

La historia está repleta de ejemplos de que la eficacia de los regímenes que desarticulan el Estado de Derecho, luego degenera en despotismo que también provoca sufrimientos a sus pueblos.

Desnudos, rapados y encadenados, dos mil presidiarios danzaron lo que parecía la coreografía de una ópera sobre el totalitarismo.

Con estética de campo de concentración, la escena mostraba dos mil miembros de las maras de El Salvador siendo trasladados a una flamante prisión, especialmente construida para esas poderosas mafias.

Descalzos, caminaron en los tramos que debían caminar, trotaron en los que debían trotar, avanzaron de cuclillas cuando les ordenaron avanzar así, siempre mirando al suelo y siempre bajo la mirada de los uniformados.

Que el presidente salvadoreño haya decidido exhibir a su pueblo y al mundo ese video, implica ostentar un sistema carcelario con rasgos norcoreanos.

El video que hizo difundir Nayib Bukele tuvo un inmenso impacto. En el pequeño país centroamericano que ahora tiene una de las prisiones más grandes del planeta. Fue ovacionado por multitudes en las redes y otros medios. También fue aplaudido en Guatemala y Honduras, los otros países del área donde las maras se hicieron fuertes.

Por cierto, quienes alertaban en las redes y en los medios de comunicación sobre los riesgos de las políticas eficaces pero violatorias de leyes, derechos y garantías, eran insultados y denostados a mansalva.

Es comprensible que sociedades que llevan años en la indefensión, bajo estados ausentes y dirigencias inoperantes, vean en gobernantes como Bukele el líder necesario, que protege a quienes debe proteger y castiga a los que merecen castigo. Pero eso no le da la razón al populismo autoritario.

La historia está repleta de ejemplos de que la eficacia de los regímenes que desarticulan el Estado de Derecho, luego degenera en despotismo que también provoca sufrimientos a sus pueblos.

En Italia, nadie había golpeado tan duramente a la mafia siciliana como Mussolini. El fascismo arrinconó a la Cosa Nostra como no lo habían hecho los regímenes anteriores. Por eso Lucky Luciano colaboró con Washington y fue en Sicilia el desembarco norteamericano que acabó con el cadáver del Duce colgado en Milán.

Entre el apogeo del poder fascista y su caída, los italianos vieron la criminal alianza con el nazismo, tuvieron campos de concentración donde se exterminó millares de personas y finalmente quedaron con el país arrasado.

Un ejemplo más cercano está en Perú, donde Alberto Fujimori aplastó a Sendero Luminoso y también a los miembros del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) que, comandados por Néstor Serpa Cartolini, habían ocupado la residencia del embajador japonés cuando se realizaba una cena con cientos de invitados por la asunción de Akihito al Trono del Crisantemo.

En la “Operación Chavín e Huantar decenas de guerrilleros fueron masacrados cuando ya se habían rendido.

Fujimori apostó a la guerra sucia, logrando éxitos impactantes que la mayoría popular aplaudió. Pero el desastroso final de su presidencia, además de las revelaciones de corrupción y de otros crímenes del régimen, mostró el alto costo que puede tener la eficacia del autoritarismo.

El video exhibe la naturaleza autoritaria que Bukele ya había mostrado al ingresar al Congreso con militares armados y al someter la judicatura y otros resortes claves del sistema judicial.

La mayoría siente que Bukele “le devolvió el poder” que la democracia representativa “le había quitado”. Demasiada gente estaba desprotegida ante las maras, por eso aplauden ver a los mareros reducidos a rebaño desvalido danzando una coreografía humillante.

Esas mafias que nacieron entre los inmigrantes salvadoreños en Los Angeles, imperan desde hace décadas. El poderío es tan grande e impune que sus miembros visten un uniforme que no pueden quitarse: los tatuajes que cubren sus cuerpos.

Se entiende que pueblos desguarnecidos ante semejantes pandillas se sientan protegidos con una política de seguridad que avasalla Derechos Humanos. Pero eso no implica que realmente estén más seguros.

La protección que el populismo brinda en un momento, se transforma en indefensión total en otro.

Bukele no es de izquierda ni de derecha, sino un exponente de la cultura autoritaria. Fue alcalde de Nuevo Cuscatlán y luego de la capital, San Salvador, por el partido del frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), el reciclado político socialdemócrata de la antigua guerrilla izquierdista, antes de crear su propio partido: Nuevas Ideas.

Las culturas autoritarias tienen sus respectivas izquierdas y derechas, como también las tienen las culturas liberal-demócratas.

La democracia liberal se está debilitando en el mundo, atacada por izquierda y por derecha. Bukele es uno de los enemigos del sistema en el que las mayorías, agobiadas por incertidumbres y miedos, van dejando de creer porque en ella no encuentran respuestas. Los líderes del populismo autoritario convencen de que la “elite”, “casta”, “burocracia” o el seudónimo que elijan para referirse a la democracia representativa, le roba el poder a la gente y ellos se lo devuelven. Algo tan ficcional como la sensación de seguridad que genera la estética totalitaria.

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